Compasión, la clave para una mente feliz

Por Mercedes R. del Castillo, psicóloga clínica.

Una mente feliz es una mente en paz, libre de preocupaciones. Generalmente se piensa que la felicidad es un estado ideal en el que todo va bien y en el que experimentamos una alegría más o menos constante; eso no es real, sencillamente no existe, no es posible que todo vaya bien todo el tiempo, la vida son también contratiempos, problemas y dificultades, aceptar esto es el primer paso para comenzar a cultivar una mente feliz.

Repito de nuevo la frase con la que comencé: Una mente feliz es una mente en paz.

Estar en paz significa aceptar completamente lo que sucede en nuestra vida. Entramos en un estado de paz cuando dejamos de pelearnos con lo que ocurre, con los demás y con nosotros mismos. Para cultivar esta aceptación, uno de los ingredientes principales es la compasión.

En occidente la palabra compasión suele tener una connotación negativa, ya que se relaciona con lástima o pena, sentimientos incómodos que generalmente tratamos de evitar. Frases como “no quiero tu compasión” o “te compadezco” reflejan claramente esta visión negativa de la que hablamos. Tratamos de evitar a toda costa mostrarnos débiles o vulnerables ante los demás para que no nos compadezcan.

Pero la compasión entendida en toda su expresión va mucho más allá de esta interpretación superficial y negativa. La compasión es un sentimiento de empatía hacia el sufrimiento propio o ajeno que despierta en la persona la intención de aliviar ese sufrimiento. Hay un deseo genuino de bienestar que genera esa corriente de sentimientos de bondad y de amabilidad al relacionarnos con el sufrimiento.

Y para entrar en esa ola de compasión, hemos de empezar con nosotros mismos, es decir, con la autocompasión. Hemos aprendido a tratarnos duramente, a exigirnos al máximo y a no tolerar ningún error, lo que provoca un malestar e insatisfacción constantes. La clave está en cambiar la forma en la que nos relacionamos con nosotros mismos y ser más amables, más autocompasivos. No se trata de permisividad o condescendencia, sino de amor propio (amor a uno mismo). No necesitamos una voz crítica que se enfoque en resaltar lo malo, sino más bien una voz cariñosa que nos reconforte cuando cometemos un error.

Un ejercicio sencillo que podemos realizar para comenzar a practicar esto de la autocompasión consistiría en: Cuando te descubras criticándote duramente por un error cometido, toma conciencia de que esto está sucediendo, para un instante y piensa, si fuera una persona querida la que ha cometido ese error y está disgustada, ¿qué le dirías?, ¿acaso no intentarías reconfortarla o apoyarla? Entonces, aplícate esas mismas palabras y esa intención de cuidarte. Desde pequeños se nos dice que hay que ser buenos y generosos con los demás, pero se nos olvida que eso también debería aplicar para nosotros mismos, hemos de ser nuestro mejor amigo y no nuestro peor enemigo.

El comenzar a ser más autocompasivos hará que seamos también más compasivos con los demás; cultivar un corazón compasivo, lleno de amabilidad y buenos deseos nos acerca a esa felicidad interna, a un estado de paz con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea.

Algunos de los beneficios que tiene la práctica de la compasión para la salud, demostrados científicamente son:

  • Nos hace más felices.
  • Acelera la recuperación de una enfermedad.
  • Activa los centros cerebrales del placer.
  • Protege del estrés.
  • Reduce la inflamación celular.
  • Aumenta nuestro sentido de conexión con los demás.

Por último, es importante saber que, la ausencia de relaciones sociales supone un riesgo mayor para la salud que la obesidad o la hipertensión arterial crónica. Un corazón compasivo es la puerta a esa conexión social que tanto necesitamos como seres humanos.

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